Soy el valiente de la dársena cuatro
y a los ojos de todos, acabo de robar el equipaje
de aquella mujer llamada Margot,
la mujer que casi nunca conocí.
He revisado sus habitaciones de hotel,
el reverso de sus facturas
y los billetes de tren y las revistas de moda.
En busca de aquella línea azul que parecía
cada vez menos una orilla,
he atravesado mis veinticuatro poemas
salpicados en márgenes de libretas olvidadas.
Pero allí tan sólo el borrador de los días abandonados,
que con el último verano suman ya tres bocas
(¡fue tan dulce el orgasmo del ventilador!).
Y aquí no logro distinguir cuáles son sus manos,
las mismas que clasifican este aire disperso y embotellado
del último suspiro,
ni tan siquiera saber cómo es ahora el aliento
de aquélla que nunca
aprendió
a respirar.
Aún restan cuarenta y ocho horas para que acabe el año
y, oculta más allá de la columna tricolor,
resiste la superficie verdadera.
La consigna intacta: no rendirse a otra historia
de imperfecciones y vanos desafíos.
Soy el que se queda y soy el fugitivo
y no encuentro en esta estación las siete diferencias
entre ella y todas las demás.
Soy el niño que replica y que se aburre
con la armonía perpetua de su dentadura.
Y a medida que aumenta el valor
de los segundos,
soy también el viejo que grita reclamando un cielo
tras conocer cómo huir del descalabro
de
esta
alargada
silueta
el orador Bluff






